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La lucha farmacológica contra el dolor: ¿por qué sentimos dolor?

Por qué sentimos dolor

Por qué sentimos dolorSaber cómo funciona nuestro organismo y nuestro cerebro es el primer paso, el más importante, para saber por qué sentimos dolor.

Un estudio de la Universidad de Saint Louis, dirigido por Daniela Salvemini, ha conseguido desarrollar un método biológico para prevenir o eliminar el padecimiento en ratones con dolor crónico incluyendo los que se dan como efecto secundario de la quimioterapia y el cáncer de huesos tras explorar las así llamadas rutas del dolor, esto es, las interacciones entre los componentes moleculares que las generan. De ese modo han descubierto que activando el receptor A3 del cerebro o de la médula ósea, el dolor se esfuma. Lo que activa al receptor A3 es la sustancia llamada adenosina o bien un sucedáneo natural de la misma. Esta técnica no solo alivia los dolores sino que evita los efectos no deseados de los opiáceos y otros analgésicos.

Hay que tener en cuenta que todo lo que percibimos ya provenga del interior o del exterior es procesado antes que nada por el cerebro que es el que toma además las decisiones. El dolor no se produce en un área afectada sino que se produce en el cerebro. No existen en el cuerpo, desperdigados, receptores del dolor. Es el cerebro el que recibe señales y responde en consecuencia. Se trata de la nocicepción. El concepto de nociceptores se lo debemos al neurofisiólogo y Premio Nobel de Medicina Sir Charles Scott Sherrington, un concepto básico para comprender los mecanismos que hacen que el cerebro procese el dolor.

Son los nociceptores los que detectan toda señal física, térmica o química, toda variación en los tejidos del organismo capaz de producir una necrosis en el cuerpo o destrucción masiva y violenta del mismo. El nociceptor envía una señal de alarma al cerebro, a través de la médula espinal, que se ocupará de reaccionar construyendo nuestra sensación de nocividad en base a nuestra experiencia adquirida, a los datos que recibe e incluso a nuestra cultura. El cerebro entonces gestiona la información o la ignora, según sea el caso.

Es decir, los nociceptores no se encargan de producir el dolor sino que simplemente alertan al cerebro de que en un área determinada de nuestro cuerpo se ha producido un desgarramiento, un golpe, una incisión, una quemadura, falta de oxígeno, o variaciones extremas de temperatura. Será el cerebro el que ponga o no en marcha mecanismos defensivos contra la nocividad.  

Las pseudopatías constituyen un caso de divergencia entre la reacción del cerebro y lo que de manera cierta ocurre en nuestro cuerpo. En estos casos el cerebro activa programas defensivos sin que exista justificación alguna y aun así sentimos dolor. Un ejemplo de ello son las enfermedades autoinmunes por las que el sistema inmune ataca nuestros propios tejidos. Daño y dolor son conceptos diferentes.

Aun así no existe un dolor “imaginario.” Las migrañas, la fibromialgia, el síndrome de fatiga crónica… son también ejemplos de cómo el cerebro es falible pero “miedoso”: “en un cerebro equivocado el aprendizaje puede ir en contra de nosotros. Puede retroalimentarse y alterar la correcta gestión de las señales generando dolor en situaciones innecesarias.”

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